El increible artesano del Camino Viejo

Allí tiene su reino Ramón Santiago, entre las antiguas chimeneas mineras y la ropa tendida al sol de los vecinos de La Chanca

Cada día, Ramón Santiago pone una taza de café encima de la mesa de su taller de La Chanca y se aplica como si no hubiera un mañana a engendrar ingenios de cobre y de latón. Allí tiene su reino, en esa doméstica acería y curtiduría, este artesano de semblante severo, y allí trajina con sus herramientas casi neolíticas, como lo hacía el coronel Aureliano Buendía puliendo pescaditos de oro en la fantasía de Cien años de soledad.

Ramón también lleva miles de horas solo, como el personaje de la ciénaga, encerrado en ese cuartito de orfebre, junto al fielato del Camino Viejo almeriense. La cabeza inclinada hacía el tapiz y en sus manos, unos alicates, unas tijeras y un martillo, porfiando con el metal con paciencia mineral para darle la forma de un zapato en miniatura, de una sortija o de una sartén.

Las paredes de la estancia están forradas con toda suerte de cachivaches -como el carromato de Melquiades- que ha creado con sus manos: navajillas plateadas, guitarras flamencas, facas de canales, pucheros grabados, candiles, cabezas de caballo doradas, trébedes, calabazas, platos bruñidos, mariposas, candelabros, castañuelas  y cántaros relucientes. No hay media docena de chismes, hay cientos, se diría que miles de objetos inútiles, que no buscan comprador ni pasar a engrosar ningún museo de las costumbres.

Cuando alguien le pregunta a Ramón que por qué lo hace, que por qué ha dedicado media vida a llenar esa habitación de cacharros metálicos, él se encoge de hombros y sigue dándole forma a una sandalia de lata dorada que parece la mismísima que calza el sultán de Brunei.

Es la artesanía de lo absurdo y  Ramón Santiago Moreno  es el Ionesco almeriense de la orfebrería, como el querido Chiquito, que se acaba de ir, lo era del humor.

Lo único que hay de la nueva era digital en ese obrador barroco junto al Barrranco Greppi, desde el que Ramón disfruta de la vista más limpia de Almería, son las yemas de sus dedos cuando manejan con maestría el cuero, la chapa o el cartón. Toda la estancia rezuma olor a antiguo, a piel, a cola, a óxido, a barro, a café recién hecho.  Ramón habla poco y menos aún cuando trabaja con las tenazas o con el bramante, hasta que algún dominguero del Camino Viejo se detiene ante su puerta y le da los buenos días. Y él, entonces, deja en suspenso la pieza y levanta la cabeza para responder la cortesía dejando ver los surcos de su frente como los de una tierra recién arada.

Ramón nació en 1955 en las Casas de Angel donde su padre Rafael tenía una fragua como la de Vulcano. Como la tuvo su abuelo y hasta su tatarabuelo al que motejaban como el Rizao, el fragüero que hacía carros, puntas de arados y rejas para los cortijos de la Vega. La fragua centenaria con el yunque aún la conserva Ramón en su almacén y más de una vez ha estado tentado de avivarla para seguir alimentando la memoria de sus antepasados.

Cuando era aún un niño se cayeron las casas de esa Almería suburbial y la familia se avecindó en Los Almendros, hasta que volvieron de nuevo porque a su padre le dieron trabajo en una chatarrería que había en el camino de la cueva de la Campsa. A los doce años empezó Ramón también a trajinar almacenando aluminio y haciendo alpacas de chatarra.

Después frecuentó otros oficios como el de albañil o el de vendedor de verduras en los mercados ambulantes. Pero su verdadera vocación y donde surge su duende es en su cuarto de los cacharros, encima justo de donde estuvieron aquellas casitas de colores de la Colonia Morato, como vigías de la antigua carretera de Málaga. Allí es donde trabaja con palos de almendro, junco o  acebuche para convertirlos en bastones con empuñadura de cuero que cuelgan sobre una admirable colección de relojes de bolsillo. Todo está a la venta, según  convenga, aunque no busca compradores. De lo que no se desprende ni por todo el oro del Perú es de una bandurria, una pieza única que le regaló su suegro, construida por los Hermanos Moya en 1895 en su taller de la Calle Granada, unos célebres luthiers almerienses discípulos del maestro Antonio de Torres.

Después  de la artesanía, el flamenco es la gran pasión que le consume. Frecuentaba El Morato, aunque ahora ya va menos por los achaques, pero siempre ha admirado a  cantaores del barrio  como  Cristo Heredia, el Pirri, el Niño de las Cuevas, Juan Gómez, Niño Josele o guitarristas como Tomatito o Niño de la Manola. Del tabique de su taller penden retratos de legendarias gargantas como Enrique el Gordo, Caracol, Terremoto, Chacón, Mairena o la Niña de los Peines.
A Ramón, el artista, el orfebre, el artesano del Camino Viejo, ya solo se le alegra el corazón con pocas cosas y una de ellas es escuchar una petenera o un taranto. Por eso, a veces, de su taller se escapan los lamentos y quejíos de coplas remotas que suenan en la pletina para el que quiera escucharlas.

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