Las Negras, Agua Amarga… Por qué nos enamoramos tan rápido del Cabo de Gata

Será por esa sensación de pisar la luna a plena sol? ¿Porque de pronto el lejano oeste, aquí este, se nos vuelve cercano? ¿Por lo desnudo y virgen? ¿O porque aquí se respira felicidad?

Esta primavera el Cabo de Gata está verde. (Foto: Finca El Romeral)

Es como ir a la luna para luego terminar como lagartos -esto es tierra de invertebrados-, y lo decimos a conciencia, tendidos al sol. Cabalgamos a lomo de un caballo aunque sea hipotético y en el escenario -el guion lo dejamos de lado- de una de Sergio Leone, unspaguetti western con todas las de la ley (del salvaje oeste) y con la música apoteósica de Ennio Morricone. Por si fuera poca leyenda y no menos poesía, el lugar cuenta con la bendición literaria de ese amante de las musas pongamos necesario que fue Federico García Lorca. Esto es el Cabo de Gata, desde Agua Amarga a San Miguel pasando porLas Negras, Rodalquilar, La Isleta del Moro, Los Escullos y San José. Te decimos qué tiene este paraíso almeriense para que nos enamoremos tanto y tan rápidamente de él. Como a Menorca, aquí también conviene ir antes de que lleguen los turistas, aunque en esta ocasión nunca lo hagan ni en masa ni en tropel.

1. Bendita geografía. Quizá tengas nostalgia de la verde Asturias, de bosques donde perderte o del Gales de ‘El hombre que subió una colina pero bajó una montaña’ cuando llegues a este erial, aunque es muy probable (y lógico) que sea el porte desnudo de este semidesierto, esta primavera no tanto, lo que te arrebate con la turbulencia teatral de Dionisos (o Baco, a mayor gloria romana). Y quien dice semidesierto dice pitas, palmitos, esparteras y demás, que son las únicas que te harán, para tu fortuna, sombra.

Agua Amarga, desde lo alto, de camino a la cala de Enmedio. (Foto: A.C.)

2. Un lugar único. Este Parque Natural Marítimo-Terrestre de Cabo de Gata-Níjar no es cualquier cosa. A su aridez, que te empezará dando sed y terminará embriagándote, se suma su origen volcánico y sus imponentes acantilados, que son toda una lección de geología. En ningún otro sitio como en este te sentirás tan dentro de un mapa en relieve. Eso si no te da la impresión de fin del mundo (geográficamente, nada de apocalipsis, sino al revés), tan aislado como está y lejos de todo. Una pita con su bohordo aquí, un cortijo blanquísimo allá, una noria en El Pozo de los Frailes (ya que estamos aquí apunta La Gallineta para comer) y en la punta, una torre vigía (o mejor, muchas) que fue defensa contra los persistentes piratas berberiscos.

En La Bodeguiya, frente al mar.

3. El hygge no solo es danés. Y decíamos que del apocalipsis nada de nada. La única tragedia que flota en el aire, desastres ecológicos como el del hotel del Algarrobico (Carboneras) aparte, es la de las ‘Bodas de sangre’ lorquianas, que se tramaron con hondura en un cortijo de los que tanto abundan por estos horizontes, porque hay que decir que en el Cabo de Gata se practica algo parecido al hygge danés. Esa felicidad de las pequeñas (y mágicas) cosas.

Para constatarlo, solo hay que arribar a las costas de Las Negras y plantarse, por ejemplo, en La Bodeguiya, frente al mar. O hacer lo propio en Agua Amarga en el chiringuito Los Tarahis. Solo con eso ya te parecerán vacaciones. Sin piscinas infinitas ni resorts.

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