“ALBORÁN” por Carmen Ravassa (1ª parte)

El corsario bereber de origen tunecino llamado Mustafá ben Yusuf y apodado Al-Borany (que quiere decir tormenta), alcanzó con sus barcos y su tripulación una isla en el mar Mediterráneo, ocupándola como base al tener las costas del continente europeo cercanas para sus ataques y robos. Escondido tras sus acantilados, el pirata esperaba la llegada de los navíos que entraban por el Estrecho de Gibraltar e iban hacia los países de la Europa mediterránea o de la costa norteafricana para abordarlos y quedarse con su botín.

Sembró el terror entre las embarcaciones cristianas que navegaban por las temibles aguas que separaban la península ibérica del norte de África, desde dicha isla atacó en varias ocasiones el litoral almeriense durante el dominio otomano.

isla de alboran

Isla de Alborán

LEYENDA: Según cuenta una leyenda, en el verano de un año cualquiera, Al-Borany y sus hombres capturaron en una ocasión un pequeño barco de vela cogiendo a los hombres y mujeres que iban en él para venderlos como esclavos, también descargaron los fardos de alimentos que portaba en su bodega, encontrando a una preciosa joven que se había escondido tras de ellos. El pirata al ver tanta belleza se quedó prendado por lo que advirtió a sus hombres que el resto de las mujeres serían vendidas pero que ésta se la quedaba para él. Estuvo muy atento y cariñoso durante el tiempo que esperaban que llegara otro barco que les traerían víveres y agua potable desde Tánger, dando paseos a lo largo de la pequeña isla. María, como se llamaba la cristiana, se dio cuenta que escapar de allí no iba a poder, y sintiéndose protegida y amada por Al-Borany, dejó de pensar posibles huidas que no la llevarían a ningún sitio.

Una tarde tranquila y llena de luz, el corsario la llevó remando en una barquilla a lo largo del acantilado hasta llegar a una oquedad que había en la pared, al pasar el arco de entrada, se ensanchó entrando en una enorme gruta que contenía una cala con una pequeñísima playa de arena dorada, donde varó la embarcación. Había una gran luminosidad ya que la luz del sol filtrada por una estrecha hendidura del techo se reflejaba en la arena y el suave movimiento del agua iba repartiendo los destellos dorados por toda la cavidad. Una vez desembarcados, subieron por una rampa rocosa donde, al girar a la izquierda y tras una gran roca, se podían ver dos barriles de pólvora y un cofre lleno de monedas, joyas, piedras preciosas y objetos de plata y oro tallados delicadamente; en la parte más alta se extendía una pequeña plataforma que el pirata había preparado como un último refugio en caso de necesidad, se ascendía a ella por medio de una escala de cuerda que se podía retirar desde arriba; en el suelo se encontraba un jergón y unas mantas, unas velas y una caja con bizcocho y dátiles, así como un bidón con agua.

Al llegar la barcaza que traía los víveres el corsario decidió hacer otra incursión esta vez a las Baleares, así que en la isla solo quedarían los cristianos cautivos en espera de ser vendidos y tres piratas para que los vigilaran, siendo la chica llevada por el corsario a la gruta para que estuviera al resguardo de cualquier peligro. En la soledad en la que se encontraba, la joven recordaba con tristeza su casa y su familia que la lloraría sin saber qué era lo que le habría ocurrido; algunas veces se metía en el agua cálida como si fuese una sirena y nadaba hasta salir al exterior, en una de las ocasiones que disfrutaba con este baño y sin ella percatarse, desde lo alto de la atalaya uno de los piratas que vigilaban vio sus gráciles movimientos y sus formas femeninas que encendieron un gran deseo por ella, tanto, que no solo no le importó nada el respeto que sentía por su jefe sino que además le tenía gran desprecio por ser cristiana.

Una tarde estando María dentro de la cueva vio una sombra en la boca de la gruta, por lo que asustada, corrió al fondo y trepó por la escala retirándola acto seguido, el berberisco no tardó en darse cuenta que la mujer se había escondido en la plataforma  alta y que no había manera de llegar hasta ella por lo que se dio por vencido abandonando la gruta. A partir de entonces la joven, temiendo que se repitiera la visita, permanecía alerta, hasta que otra tarde observó cómo de nuevo la lancha hacía su aparición por la boca de la cueva, pero esta vez no era un solo hombre sino dos los que iban en ella, se dio cuenta que esta vez no iba a poder librarse de ninguna manera, veía en peligro su vida y su virginidad, así que bajó decidida hasta detrás de la gran roca, sacó el tapón de uno de los barriles de explosivos vertiendo parte de su contenido al suelo y con el pie lo distribuyó alrededor de la base de los dos, acercando la antorcha que siempre permanecía encendida, hasta la pólvora. Se produjo una explosión horrorosa, la isla entera tembló, la cueva se hundió completamente derrumbándose sobre la muchacha y sus perseguidores que quedaron sepultados para siempre. Las rocas que formaban el techo de la gruta cayeron al mar, desgajando una pequeña parte de ese extremo oriental donde hoy hay un pequeño islote llamado la Nube.

Cuando Al-Borany regresó de sus rapiñas se encontró su isla de esta forma. El único de sus hombres que quedaba con vida, de los tres que había dejado, le contó lo que había sucedido, entonces el berberisco no pudo contener su dolor, retirándose solo al otro extremo de la isla y contemplando el hueco que permanecía abierto, lloró amargamente la pérdida de su amada, las lágrimas corrieron por los surcos de su rostro curtido por el sol y la brisa del mar, hasta caer en el suelo empapando la tierra. Se cuenta que de aquellas lágrimas brotaron unas pequeñas florecillas amarillas que aún hoy, adornan en primavera el extremo oriental de la isla. Cercano a ellas, en la Nube, anidan varias familias de gaviotas que asustan con sus graznidos a todo el que osa acercarse, parece que su misión es la de guardar el lugar para que nadie se atreva a profanar el descanso de la joven cristiana amada por el pirata Al-Borany.

 

María del Carmen Ravassa Lao
Escritora e investigadora almeriense
Fundadora de la Asociación Literaria y Cultural Letras de Esparto